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Directora Hola Mi Gente
Abril 20 de 2026
Por Amparo Parra Mosquera ( Facebook / Instagram / X )
Directora Hola MI Gente
La reciente intervención del padre Gabriel Vargas en el Valle de San José, Santander, el pasado 19 de abril, no es un hecho aislado, sino un síntoma de una patología que creíamos superada: la instrumentalización de la fe para el proselitismo de choque. Al calificar a los sectores de derecha como “los más ladrones y asesinos”, el clérigo rompe el delicado equilibrio de la libertad de expresión y se interna en el terreno de la injuria, bajo el amparo de una autoridad moral que la Constitución de 1991 buscó deslindar del poder civil para garantizar un Estado laico y pluralista.
El argumento de la “moralidad” como escudo para cuestionar la idoneidad de Juan Daniel Oviedo, basándose en su orientación sexual, es jurídicamente insostenible y socialmente peligroso. Bajo el marco del artículo 13 de nuestra Constitución, que garantiza la no discriminación, el discurso del padre Vargas cruza la línea roja hacia la estigmatización. No se puede pedir respeto al ser humano mientras se invalida su capacidad para el servicio público desde el púlpito; esa es una contradicción que nos devuelve a las sombras de una era donde la religión dictaba el rumbo de la democracia por encima del derecho ciudadano.
Desde una perspectiva legal, la libertad de culto no es un cheque en blanco para el ataque personal o la difamación colectiva. Las cifras de polarización en el país son ya suficientemente críticas como para que líderes religiosos, cuya función debería ser la cohesión y la paz, aticen el fuego con juicios de valor tan radicales. Este domingo, el Valle de San José no asistió a una guía espiritual, sino a una exhibición de intolerancia que desafía los precedentes de la Corte Constitucional sobre los límites del discurso de odio y la protección de los derechos de las minorías.
Colombia no puede permitirse retroceder a una “Edad Media” informativa donde el sermón reemplaza al programa de gobierno. La jerarquía eclesiástica debe actuar con contundencia, no solo por coherencia pastoral, sino para evitar que se cree un precedente donde cualquier templo se convierta en una plataforma de campaña desleal. La democracia se fortalece con el debate de ideas, no con condenas morales que buscan excluir al otro por lo que es o por lo que piensa; al final del día, el voto debe ser un acto de conciencia ciudadana, libre de las cadenas del miedo o la culpa dogmática.

