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Cuando la verdad cuesta la vida: el grito de resistencia del periodismo en las regiones de Colombia
El asesinato del joven comunicador Mateo Pérez Rueda a manos de grupos armados ilegales en el departamento de Antioquia ha encendido las alarmas globales sobre el riesgo extremo y la falta de garantías que sufren los reporteros locales, quienes ejercen su labor bajo el asedio directo de la violencia. El trágico desenlace de este profesional, defensor incansable de la libertad de prensa, expone la cruda realidad de un periodismo regional que se niega a ser silenciado a pesar del evidente abandono estatal. Las agresiones en los territorios rurales se han transformado en una estrategia sistemática de censura impuesta por estructuras criminales que buscan controlar el flujo de información y someter a comunidades enteras al aislamiento informativo.
El panorama para la prensa en el país es devastador y las estadísticas reflejan una crisis de derechos humanos profundamente arraigada. Según los registros históricos de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), solo en el departamento de Antioquia se contabilizan 22 periodistas asesinados a lo largo de las últimas décadas, consolidándose como una de las regiones más letales para la búsqueda de la verdad. A nivel nacional, la violencia no da tregua: durante el actual mandato presidencial se ha confirmado la muerte de 8 reporteros en el ejercicio de sus funciones, mientras que desde el año 2022 la misma organización defensora ha documentado la alarmante cifra de 387 agresiones contra comunicadores por parte de agrupaciones armadas no estatales. Las amenazas continuas y los desplazamientos forzados son los mecanismos predilectos de los violentos para instaurar el silencio en las zonas donde dominan las economías ilícitas.
La autoría de este crimen atroz, que ha generado el repudio unánime de organismos internacionales como la Oficina de la ONU para los Derechos Humanos, apunta directamente a las disidencias de las FARC. Las investigaciones oficiales señalan como presunto responsable material e intelectual a alias “Víctor Chalá” (Jhon Édison Chalá Torrejano), un cabecilla criminal vinculado a estructuras derivadas del frente 36 que operan bajo la influencia de alias “Calarcá”. Estos grupos armados sostienen disputas a sangre y fuego por el control de la minería ilegal y las rutas del narcotráfico en zonas rurales de los municipios de Briceño y San Andrés de Cuerquia. Fue precisamente en estas áreas de alta peligrosidad donde interceptaron al comunicador mientras realizaba investigaciones de terreno sobre el impacto social de dicho conflicto.
Detrás de la tragedia se apaga la prometedora historia de un joven que encarnaba la rigurosidad y la pasión por el oficio periodístico. Mateo Pérez Rueda tenía apenas 24 años y se encontraba a muy pocos días de celebrar su cuarto de siglo, una fecha especial que cumpliría el próximo 8 de junio. Con una visión comunitaria admirable, se desempeñaba como director y fundador del medio de comunicación independiente El Confidente, un proyecto digital con más de 3 años de trayectoria que informaba con valentía a múltiples poblaciones del norte antioqueño, teniendo como epicentro operativo el municipio de Yarumal. Paralelamente a su rol de reportero, Mateo cursaba estudios profesionales de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, una formación académica que complementaba con su enorme sensibilidad artística expresada a través de la fotografía y la escritura de poesía.
Ante este doloroso escenario, el gremio de comunicadores en todo el territorio colombiano levanta la voz para exigir de manera urgente respeto, protección y garantías reales para la labor de la prensa en las regiones afectadas por el conflicto. Es imperativo que los actores armados y la sociedad civil comprendan que los reporteros independientes somos civiles cuyas únicas armas de defensa son las cámaras, los micrófonos, las libretas de notas y la enorme carga de estrés que conlleva narrar la realidad del país. El periodismo libre es el pilar fundamental de cualquier democracia y silenciar las voces locales a través de las balas no solo destruye vidas y proyectos jóvenes llenos de futuro, sino que condena a las comunidades rurales a la completa oscuridad informativa.

